El olor a humo se metió en las casas antes de que las sirenas anunciaran la evacuación. Las carreteras se llenaron de coches cargados con lo imprescindible: maletas a medio cerrar, animales asustados, fotos familiares rescatadas en el último minuto. El cielo, teñido de un naranja oscuro, parecía una advertencia que nadie quiso escuchar. Este verano, España vuelve a arder. La campaña de incendios de 2026 está dejando imágenes devastadoras en buena parte del país. A finales de julio ya se habían superado las 172.000 hectáreas forestales afectadas y se habían registrado 35 grandes incendios forestales, una cifra que multiplica la media de los últimos años y sitúa esta temporada entre las más graves de la última década.

La vida entre cenizas

En distintos puntos de Castilla y León, Castilla-La Mancha, la Comunidad de Madrid, la Comunidad Valenciana y otras regiones, la rutina se convirtió en éxodo. Decenas de miles de personas tuvieron que ser evacuadas o confinadas mientras el fuego avanzaba sin control, obligando incluso a declarar la emergencia de interés nacional en varias comunidades autónomas. Solo durante los grandes incendios de Madrid, Ávila y Toledo llegaron a verse afectadas cerca de 90.000 personas entre evacuados y confinados, a las que se sumaron miles más en Castellón y otros focos activos.

Los servicios de extinción se han enfrentado de nuevo a incendios de comportamiento extremo, favorecidos por las altas temperaturas, la baja humedad y el viento. Algunos de estos fuegos han mostrado dinámicas propias de los llamados incendios de sexta generación, capaces de modificar las condiciones atmosféricas de su entorno. Pero detrás de cada estadística hay una historia que no aparece en los balances oficiales: familias desalojadas, agricultores que pierden toda una vida de trabajo, voluntarios que regresan con las manos vacías y el corazón lleno de humo.

El récord de la vergüenza

El mapa de este verano vuelve a llenarse de cicatrices. El incendio de Burgohondo (Ávila) se ha convertido en el mayor incendio registrado en la historia de España, con unas 50.000 hectáreas afectadas. A él se suman otros grandes incendios en Guadalajara, Madrid, Toledo, Castellón o Zaragoza, que han obligado a desplegar un dispositivo sin precedentes y han situado a España como el país de la Unión Europea con mayor superficie forestal quemada en lo que va de año.

Son cifras que deberían avergonzarnos. No por lo imprevisible, sino porque eran previsibles. Tras una primavera favorable al crecimiento de la vegetación llegó un verano marcado por sucesivas olas de calor, bajas humedades relativas y episodios de viento intenso. La tormenta perfecta estaba escrita. Lo que faltó fue la política.

La política del abandono

España gasta cada vez menos en lo que más necesita. Los fondos contra incendios han pasado de 1.742 millones a 1.295 millones de euros, y la inversión en gestión forestal se ha desplomado de 364 a apenas 175 millones. El resultado: el 81 % de nuestros bosques carece de un plan de gestión.

El monte se convierte en un polvorín y, cuando explota, todo se improvisa: soldados desplegados tarde, aviones europeos pedidos a última hora, discursos solemnes entre cenizas aún humeantes. Mientras tanto, los bomberos forestales trabajan con contratos temporales, equipos insuficientes y sueldos indignos. Algunos denuncian que las empresas concesionarias “ahorran en seguridad para ganar más dinero”.

En otras palabras: se invierte más en apagar que en prevenir, aunque todos saben que la única manera de ganar la batalla al fuego es lo contrario.

El espejo del fuego

Cada verano se repite la misma coreografía: titulares de alarma, cifras récord, condolencias oficiales, promesas vagas. Al año siguiente, vuelta a empezar. Pero el fuego no olvida. Nos recuerda que somos un país que vació su medio rural, abandonó sus bosques y recortó donde más duele.

El incendio es el espejo en el que España no quiere mirarse. Refleja un país que improvisa, que gestiona el monte como si fuese un problema estacional y que solo despierta cuando las llamas ya han consumido lo irrecuperable.

Lo que arde de verdad

Lo que arde no son solo hectáreas de bosque. Lo que arde es la confianza en unas instituciones incapaces de anticiparse. Lo que arde es la dignidad de brigadistas que trabajan al límite mientras otros recortan presupuestos desde un despacho. Lo que arde es la certeza de que, sin un cambio radical, el verano español será sinónimo de humo, ceniza y muerte.

El fuego de 2026 no es una catástrofe natural: es la consecuencia de años de desidia. Y si no se actúa ya, lo único que quedará por calcular no será cuántas hectáreas se queman, sino cuánto país estamos dispuestos a perder cada verano.

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