El olor a humo se metió en las casas antes de que las sirenas anunciaran la evacuación. Las
carreteras se llenaron de coches cargados con lo imprescindible: maletas a medio cerrar, animales
asustados, fotos familiares rescatadas en el último minuto. El cielo, teñido de un naranja oscuro,
parecía una advertencia que nadie quiso escuchar. Este verano, España vuelve a arder. Y lo hace
con más violencia que nunca: más de 380.000 hectáreas arrasadas, el peor balance en tres
décadas.
La vida entre cenizas
En los pueblos de Castilla y León, Galicia y Extremadura, la rutina se convirtió en éxodo. Más de
31.000 personas tuvieron que abandonar sus casas o permanecer encerradas durante horas,
mientras el fuego devoraba lo que encontraba a su paso.
En Tres Cantos, Madrid, un hombre murió con el 98 % del cuerpo quemado. En otros frentes,
brigadistas exhaustos pelean contra fuegos de sexta generación, capaces de generar su propio
clima. La cifra de víctimas mortales en España asciende ya a cuatro, seis si se cuentan los
incendios en Portugal. Pero detrás de cada número hay una historia que no cabe en los balances
oficiales: familias sin hogar, agricultores que pierden toda una vida de trabajo, voluntarios que
regresan con las manos vacías y el corazón lleno de humo.
El récord de la vergüenza
El mapa de agosto es una colección de cicatrices: A Rúa (44.424 hectáreas), Uña de Quintana
(40.781), Benuza (32.596). En Galicia, el incendio de Chandreja de Queija supera las 16.000
hectáreas y ya es el mayor de la historia de la comunidad. Cinco de los diez mayores incendios del
siglo XXI en España se han producido en apenas un mes.
Son cifras que deberían avergonzarnos. No por lo imprevisible, sino porque eran previsibles. Tras
una primavera lluviosa que llenó los montes de vegetación, llegó un verano de olas de calor con
temperaturas de hasta 46 grados. La tormenta perfecta estaba escrita. Lo que faltó fue la política.
La política del abandono
España gasta cada vez menos en lo que más necesita. Los fondos contra incendios han pasado de
1.742 millones a 1.295 millones de euros, y la inversión en gestión forestal se ha desplomado de
364 a apenas 175 millones. El resultado: el 81 % de nuestros bosques carece de un plan de
gestión.
El monte se convierte en un polvorín y, cuando explota, todo se improvisa: soldados desplegados
tarde, aviones europeos pedidos a última hora, discursos solemnes entre cenizas aún humeantes.
Mientras tanto, los bomberos forestales trabajan con contratos temporales, equipos insuficientes y
sueldos indignos. Algunos denuncian que las empresas concesionarias “ahorran en seguridad para
ganar más dinero”.
En otras palabras: se invierte más en apagar que en prevenir, aunque todos saben que la única
manera de ganar la batalla al fuego es lo contrario.
El espejo del fuego
Cada verano se repite la misma coreografía: titulares de alarma, cifras récord, condolencias
oficiales, promesas vagas. Al año siguiente, vuelta a empezar. Pero el fuego no olvida. Nos
recuerda que somos un país que vació su medio rural, abandonó sus bosques y recortó donde más
duele.
El incendio es el espejo en el que España no quiere mirarse. Refleja un país que improvisa, que
gestiona el monte como si fuese un problema estacional y que solo despierta cuando las llamas ya
han consumido lo irrecuperable.
Lo que arde de verdad
Lo que arde no son solo hectáreas de bosque. Lo que arde es la confianza en unas instituciones
incapaces de anticiparse. Lo que arde es la dignidad de brigadistas que trabajan al límite mientras
otros recortan presupuestos desde un despacho. Lo que arde es la certeza de que, sin un cambio
radical, el verano español será sinónimo de humo, ceniza y muerte.
El fuego de 2025 no es una catástrofe natural: es la consecuencia de años de desidia. Y si no se
actúa ya, lo único que quedará por calcular no será cuántas hectáreas se queman, sino cuánto
país estamos dispuestos a perder cada verano.
Amor Escoz
